Portada de Hacia el azul del cielo

Reseña literaria

La belleza del pincel sobre el verso

por Belén Juárez

Libro: Hacia el azul del cielo · Fernando Fiestas · 2026

Hay libros que no se leen. Se habitan. Obras que abren sus páginas hacia el color y la fábula de la palabra. Desde sus primeras líneas, el texto sugiere la huella sutil de un pincel escondido tras la música del verso. Asistimos al diálogo de dos mundos imaginarios que, lejos de excluirse, caminan como hermanos gemelos sobre un mismo trazado estético.

Género
Poesía
Publicado
15 octubre 2026
Lectura
6 min

A lo largo de la historia, los pintores —guiados por su propia naturaleza— han contemplado el mundo con la hondura de la tercera dimensión. El lienzo jamás se lee; habita un mutismo rotundo para conmovernos a través de la imagen. Nos habla sin voz, directo a los ojos, susurra la lengua de la luz y la forma, proyectando su mensaje hasta el alma de quienes amamos el arte.

La visión de un poeta/pintor o pintor/poeta siempre va a ser diferente a la del resto de poetas o pintores. La necesidad de ir más allá, tanto de la palabra como del lienzo, es lo que ha hecho que existan genialidades pictóricas, artistas que han escrito verdaderas obras de arte en formato poesía. Quizás uno de los artistas más conocidos por su polifacetismo sea el maestro del Renacimiento Michelangelo Buonarroti, quien fusionó magistralmente pintura y poesía; para el maestro del Arno la motivación estuvo muy asociada a sus dos grandes amores Vittoria Colonna y Tommaso dei Cavalieri a quienes inmortalizó tanto en sus versos como en sus lienzos.

Hablamos, por tanto, de esa necesidad del pintor de ir más allá del lienzo, y del poeta de traspasar su propia voz para llegar al trazo y a la perspectiva. Y tal es el caso del autor que nos ocupa en esta ocasión: Fernando Fiestas no es un poeta más. Su poesía de extremada belleza se encripta en numerosas ocasiones hasta los niveles del trovar clus (o «trovar cerrado») de la lírica medieval provenzal del siglo XII; nos confiere —por tanto— una identidad hermética, compleja y difícil de aplicar a un sujeto poético concreto, pero —como digo—, de una belleza que parece deslizarse como un pincel sobre el papel. Y esto tiene mucho que ver con su dualidad artística pues nuestro poeta es un excelente pintor que viste su arte con excelsa maestría.

Existe una confluencia lienzo/verso en su propia evolución artística: un camino de dos sendas que corren en paralelo por su mundo imaginario. No obstante, cabe destacar que desde la adolescencia allá por los años setenta, su raíz natural siempre fue la pintura, lo que le llevó a ingresar en la facultad de Bellas Artes con absoluta vocación. Fiestas es un pintor amante del verso; digamos que pinta sus palabras y escribe sus lienzos.

Este libro abre sus puertas con un prólogo titulado De soledades y zapatos del también poeta Miguel Ángel Curiel, quien muy acertadamente nos dice que «Hacia el azul del cielo» es una respuesta en espiral que nos lleva del mundo hacia el mundo, en un viaje poético desde los orígenes al origen» (pág. 11). Y mucha razón tiene cuando dice que «su poética y su poesía son la alucinación constante de quien es capaz de ver por detrás y por delante» (pág. 12). De ahí su criptografía.

Cuatro capítulos conforman este magnífico poemario, iniciando su recorrido con «Así las voces», un lugar donde el vaso, la esfera y el círculo nos dan pistas sobre los versos que encierra. «Círculo que se vuelve embocadura, / vaso redondo, trozo de mar en mi conciencia, / y la satisfacción de verlo en cada día / parte de mi alcoba, / y lienzo. / Porque un cuadro, cualquier cuadro / nunca se termina, / como la sed, alerta desde siempre» (pág. 31). Y he aquí una de las claves: un cuadro que nunca se termina y cuyo punto final tal vez sea un poema.

Al igual que Rafael Alberti supo entender la esencia del arte pictórico en A la pintura, nuestro autor se sumerge entre versos guiado siempre por los pinceles de su imaginación. Si el maestro del Puerto de Santa María inmortalizó su pasión por el arte con un verso emblemático: «¡Dejadme pintar de azul / el mar de todos los atlas!» (de «Marinero en tierra» (1924), nuestro poeta tiñe de ese mismo azul su cielo, su horizonte y su propia vida. Habla del amor en «Detrás de los cristales» (pág. 37), de la muerte en «Delicado final» (pág. 40), de la peregrinación hacia la súplica en «El último perdón» (pág. 42), de la vejez cumplida de unos ojos que miran a través de la ventana de la vida en «En un balcón redondo»: «…Ahora que me son imposibles los logros, / soy tiempo que se rompe lentamente…» (pág. 44). Tremendos versos.

Un poeta que se mira a sí mismo en el reflejo de un cristal y que se reconoce en la distancia de un cielo infinito. Así, en el penúltimo capítulo centra su atención en el espacio que queda «entre el papel desnudo y las palabras» (así se titula el capítulo), donde habla crípticamente de sí mismo —o así se intuye— en «Compás de espera»: «… Hay un yo niño frente al yo hombre / que sigue preguntando por las horas perdidas…» (pág. 50). Versos que evocan esa aceptación del paso del tiempo y que son trazos del tiempo en la mente del poeta donde habitan los pinceles: «… Hay que tener paciencia al dibujar / sobre el papel en blanco mientras cae / el agua desde el cielo parisino; / primero se despluma la madera / del lápiz y después, se desmantelan / las virutas gorgueras de la mina […] Dibujar es vivir y sacudirse / los fantasmas del duelo, del vacío / que sigue como poso irreverente / cuando no queda nada por hacer» (pág. 55).

Por último, y aludiendo a ese estilo enmascarado, cierra el libro un último capítulo titulado «Los monjes de las islas», donde su mirada se escapa hacia el azul del cielo desde aquel tiempo pasado: «Aquí desde el pretil / con los cambios del mar entre las horas, / sus últimas resacas, pescadores que fuimos / de las vistas al cielo recortado / por tanta inmensidad […] Con aquellas posturas pintadas por Sorolla / desde las nubes, como recogidas / entre secuencias» (pág. 59). Bellísimos versos con clarísimos azules celestes navegando por la mente del poeta.

No dejen de leer a Fiestas. En este libro descubrirán que cualquiera de sus poemas transmite el misterio del trazo y un sereno silencio cargado de tranquilidad, donde se intuye un pincel portador de mil colores en armonía con el verso.

En los últimos toques, acaso sus arterias, los pernios de la puerta va crujiendo, y una voz que recorre el largo umbral, ardiente me interroga: “Mi querido señor, ¿habéis concluido ya el autorretrato?” (pág. 72)