Reseña literaria
Un mundo sin vencidos ni ganadores
por Belén Juárez
Libro: Liturgia de los vencidos · Carmen Ruth Boillos · 2025
En «Liturgia de los vencidos», desde las primeras páginas y a lo largo de su doloroso recorrido, Carmen Ruth Boillos nos emplaza a una dura reflexión acerca del mundo en el que vivimos y del que venimos haciendo un uso despiadado, incluso contra nuestra propia especie. Sus versos constituyen un clamoroso estruendo tras el seísmo más desconcertante de nuestro ego e individualidad. Una sacudida capaz de hacer temblar nuestras conciencias o tal vez nuestros propios miedos al futuro.
- Género
- Poesía
- Editorial
- Huerga & Fierro
- Publicado
- 15 septiembre 2026
- Lectura
- 5 min
Nada más coger el libro entre las manos, llama la atención su título. Como breve introducción, conviene detenerse en el origen de la palabra liturgia. Del griego leitos (público) y ergon (trabajo); un término que alude a un servicio prestado a la comunidad, donde los ciudadanos más prósperos financiaban generosamente proyectos de interés general en la antigua Grecia (Atenas, siglos V y IV a. C.). Tiempo después, el concepto adquirió un matiz religioso tras la labor de los setenta y dos sabios judíos, ancianos eruditos encargados de la traducción de las escrituras hebreas al griego en la Septuaginta. Esta visión fue heredada por el cristianismo, consolidando la liturgia como un conjunto de ritos y gestos mediante los cuales una comunidad rinde culto a lo divino. No obstante, el enfoque de este libro no podría estar más lejos de esa concepción. El poemario se abre con tres citas demoledoras que caen sobre la conciencia del lector como aplastantes verdades de nuestra realidad y tiempo: «La paz es la única batalla que merece la pena librar» (Albert Camus); «Tened en cuenta que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir» (Miguel de Unamuno); «El mal no necesita monstruos, solo personas que dejen de pensar» (Hannah Arendt). Ya en las primeras páginas y a modo de introducción, en «Invitatorio», la autora interpela a la conciencia colectiva para que el lector se detenga a pensar en el mundo en que vivimos, un mundo herido en su futuro. Tremenda reflexión en verso. Casi un grito de desesperación por la vida y la justicia: —Os invoco con lágrimas en los ojos / con el alma casi en coma. / ¿Alguien puede escucharme?— (pág. 13).
En un primer capítulo «Confesión y Miserere», la autora centra su atención en todas esas personas que en su día a día malgastan sus horas entre montañas de papel en sus fríos espacios de trabajo, en oficinas que devoran y adormecen cualquier indicio de supervivencia emocional, calles donde habitan la hipocresía, las cápsulas de egocentrismo y el silencio aterrador de tantos niños sin llanto. Únicamente el sonido de las teclas que tocan los desheredados anuncia la puerta abierta hacia la tristeza y tal vez hacia la esperanza.
¿Y qué nos queda? Como último recurso la palabra; versos de la poeta como única confesión ante la ausencia de tantas sonrisas. Tras leer a Ruth me llegan a la memoria los versos de Blas de Otero que anunciaron premonitorias certezas de nuestro siglo: —Si he sufrido la sed, el hambre, todo / lo que fue mío y resultó ser nada, / si he segado las sombras en silencio, / me queda la palabra.— («Pido la paz y la palabra», 1955). Es decir, la autora se alinea con estos versos dejándonos entrever que la palabra es, tal vez, el único hálito de esperanza.
En los dos siguientes capítulos, «Réquiem» y «Lamentaciones», la autora continúa su camino de versos sentenciando el presente de esos vencidos a quienes no les queda más consuelo que soñar frente a los ejecutores de sus vidas: —La manada danza / alrededor del miedo / Con sus hocicos burlones / y los ojos llenos de hormigas— (pág. 28). Lamentarse tal vez sea el único consuelo en esta batalla de derrotados y victoriosos; sin embargo, incluso en la pena existe el lirismo y la resistencia. En este sentido, resuenan los versos de León Felipe «Así es mi vida, / piedra, / como tú. Como tú, / piedra pequeña; / como tú, / piedra ligera; / como tú, canto que ruedas / por las calzadas / y por las veredas» (del poema «Como tú», libro «Versos y oraciones de caminante», 1920).
Se trata, por tanto, de una idea afín donde la autora nos insinúa que abrazar la utopía tal vez sea una puerta de salida: —Qué romántico es ser / soñador de imposibles/ el que empuja la historia / o el que enciende la mecha—, terminando con un tremendo verso donde hace alusión a ese sentir de la palabra siempre necesario en nuestras vidas: —el derrotado y el cobarde / también merecen un verso— (pág. 42), como una idea que nos recuerda a los versos del poeta peregrino de aquellos pueblos de España de principios del siglo XX cuando la palabra se reivindicaba como bálsamo vital de nuestra existencia. Desde esta óptica, la autora nos guía hacia esa misma idea.
El libro culmina en una «Bendición final», con un penúltimo y rotundo poema «Amén» que sí incluye una cita bíblica (Rom 15:13). En este umbral de cierre lanza la soberbia conclusión sobre nosotros mismos y nuestras ansiedades; ese momento de reflexión que nos martillea las sienes tras nuestros desaciertos: —Amaste con torpeza, / pero era amor. Has llorado en cada calle / y por cada hombre / agua sagrada. / Has soñado / por encima de tus fuerzas. / Has luchado / lo suficiente. / Vete en paz. / Así sea— (pág. 61).
Sin lugar a la duda es un libro principal dentro de la poesía del siglo XXI. Una joven voz soriana que nos adentra en un concepto tan ancestral como es el propio sentir de la vida. Un libro que se caracteriza por presentar un léxico fluido que se acompaña de asombrosas metáforas con una excepcional fuerza poética.
Termina su poemario con dos versos que abocan al asombro:
(págs. 65, 66)
¿Acaso los vencidos son esos vencedores que nos precedieron y maltrataron? Respóndanse ustedes mismos o dejen la duda volar.
