Portada de Mujer incómoda

Reseña literaria

Los "sinnombre" de nuestra historia

por Belén Juárez

Libro: Mujer incómoda · Silvia Cuevas-Morales · 2024

A modo de manifiesto contra las atrocidades del siglo pasado y el actual, Mujer incómoda da voz al dolor y al testimonio. Con un tono firme e inquebrantable, sus versos rinden tributo a las víctimas del abuso del poder, rescatando la dignidad de la vida humana y la necesidad de habitar un mundo en paz.

Género
Poesía
Publicado
15 octubre 2026
Lectura
7 min

La humanidad siempre ha vivido atrapada en una constante dualidad: la certeza de un sincero y profundo afecto hacia el prójimo, pero también a la sombra de una crueldad sin límites. De ahí que la violencia y los abusos, fundamentalmente hacia los más vulnerables, hayan acompañado a nuestra especie desde sus orígenes, acomodándose en las estructuras de poder, la política, la economía y la religión. Y tal vez todo ese despiadado salvajismo del que hemos sido testigos a lo largo de la historia no sea más que un miedo atroz del propio sistema social que descarga toda su ira sobre las criaturas más débiles como síntoma de cobardía. Sin embargo, frente al horror y la angustia, la propia naturaleza humana es capaz de articular una respuesta ética única: la sed de justicia, coherencia y compasión que nace desde el fondo de nuestro ser contra todos esos delirios deshumanizadores.

La palabra —sin lugar a dudas— ha sido el arma más poderosa que ha acompañado al ser humano a lo largo de su recorrido vital. La ‘poesía de la denuncia y el compromiso’ con los más indefensos martillea las conciencias ya desde Francisco de Quevedo en «Poderoso caballero es don Dinero», verso que —posiblemente— se yergue como la sátira más famosa contra la hambruna de un pueblo sacrificado en pro de los caprichos bélicos de Felipe III.

Pero volviendo a la poesía y dejando atrás el Barroco español, no puedo dejar de nombrar —como máximo exponente de la defensa del pueblo en Francia— a Victor Hugo en «Les Châtiments» (Los castigos), autor clave del romanticismo francés que con toda seguridad mereció la bendición de Gabriel Celaya. Y no quisiera avanzar en este texto sin recordar los estremecedores versos del autor francés: «L’enfant avait reçu deux balles dans la tête. / Le logis était propre, humble, paisible, honnête; / On voyait un rameau bénit sur un portrait. / Une vieille grand-mère était là qui pleurait» ¿Por qué lo mataron? ¿Qué hizo aquel niño sin nombre de no más de siete años que nunca llegó a la adolescencia ni tampoco volverá a nacer?

La poesía social del siglo XX ha tenido la habilidad indiscutible de saber sacudir la conciencia de los lectores. Por poner algunos ejemplos de los cientos de poetas que alzaron su voz contra las injusticias sociales, asesinatos y atropellos, nombraremos a Miguel Hernández, César Vallejo, Gloria Fuertes, Gabriel Celaya, José Agustín Goytisolo, José Hierro, Francisca Aguirre, Carmen Conde, Manuel Vázquez Montalbán, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti o Federico García Lorca. Autores que concibieron la poesía no como una frontera de intelectualidad frente al resto del mundo, sino como un arma de reconfiguración social cargada con balas de concienciación.

Y frente a todo este preámbulo, nos encontramos con los versos de la poeta chilena Silvia Cuevas-Morales, afincada en Madrid, que irrumpen cargados de protesta contra tanta tropelía que asola nuestros ojos a diario. Un libro que merece un tremendo respeto, vertebrado por un activismo poético excepcional; un libro revestido de coraje y audacia que rinde homenaje al valor sagrado de la vida; un libro de perfecta simetría estructurado en cuatro capítulos de diez poemas cada uno, salvo el último compuesto por doce poemas, como doce son los meses del año, doce las horas de luz y noche, doce las constelaciones, doce los animales del zodiaco chino, doce los apóstoles, doce los dioses principales del Olimpo o doce es la constante matemática más universal. Doce son los poemas que —con rotundidad— culminan este esencial poemario.

Nada más iniciar la lectura del libro, en el primero de los capítulos, «El dolor del mundo» nos encontramos con una cita de Gabriel Celaya maldiciendo a todos los intelectuales que se acomodan en la poesía como estatus fastuoso frente al resto de mortales, pero también a todo poeta que se mantiene al margen frente a las injusticias. La autora comienza con un «minuto de silencio», versos sobrecogedores que rezan así: «Por las víctimas desvalijadas / por los bancos, / desahuciadas por los gobiernos. / Por todas las mujeres asesinadas / por aquellos —que alguna vez— prometieron amor y respeto. / Por las ancianas calcinadas por braseros, / por los Aylan del Mediterráneo, / por los niños tiroteados bajo muros infames. / Por las víctimas del franquismo, / por los valientes que les plantaron cara, / por los que aún buscan sus huesos. / Por ellos y por ellas sí guardo / un respetuoso y sentido / minuto de silencio» (pág. 15).

Ante este inicio, cargado de imágenes, ¿qué nos queda por decir? Títulos como «¿Qué se siente?» (pág. 17), «Las perreras de Mr. Trump» (pág. 18), «Jaque Mate» (pág. 19) o «Siria» (pág. 22) nos derrumban la conciencia, nos dejan mudos y nos acorralan contra aquel muro que a tantos inocentes vio llorar: «¿Cómo mirarme en el espejo / y no sentir vergüenza de formar parte / de esta tan ‘civilizada’ raza humana?» (pág. 18).

Pero la poeta da otra vuelta de tuerca en el siguiente capítulo, «Me duele España» (pág. 25), donde nos sumerge en el día a día de cualquier habitante de este hermoso país, recordándonos aquella ley mordaza, el apaleamiento continuo a la democracia o aquel joven africano detenido por vender bolsos en el día de reyes cuando los caramelos llovían para los niños burgueses mientras su familia esperaba a que llegase a casa con algunas monedas. Impactantes imágenes la de estos versos.

Nombres como Maruja Torres, Ana Pardo de Vera, Manuel Rivas, Almudena Grandes o Cristina Fallarás son algunos de los valientes escritores y periodistas que se alinean actualmente con esta idea de denuncia social a la que se une esta extraordinaria poeta. Concluye este capítulo con un poema recordando al teólogo alemán Martin Niemöller, conocido por oponerse al régimen nazi y ser el autor del famoso poema «Primero vinieron a por los comunistas». Con sus versos, Cuevas-Morales nos habla, al igual que Niemöller, de la falta de empatía con el prójimo y de lo solos que nos quedamos cuando la injusticia y la incomprensión nos abordan a nosotros. «Primero vinieron a por las urnas / pero no me importó porque no eran mis urnas. […] Cuando vinieron a por mí, / ya no quedaba nadie / que hablara en mi nombre» (pág. 40).

El tercer capítulo comienza con un estremecedor texto de la activista, poeta, guionista y académica chilena Malú Urriola que dice así: «¿Te acuerdas de cuando el horror se apoderó de nosotros, / y el silencio tenía un sonido de botas miserables? Escuchábamos a Charlie Parker, / recitábamos de memoria a la Mistral / y nos reíamos de nuestros necios congéneres. / La vida que pasa segura sabe que sobrevivimos, por eso nos sentamos a ver brillar el cielo / y a toda su orquesta de vidrios» (pág. 43). Con la dignidad de su pluma, en este pasaje Cuevas-Morales nos invita a recordar toda la atrocidad chilena de los años 70, con especial alusión a Víctor Jara, abanderado de tantos inocentes. Me conmueve especialmente el poema «Lealtad perruna» (pág. 51), dedicado a aquel perro sin nombre (el quiltro), único amigo que le quedó al borracho que —como metáfora— se convierte en todos los ‘sinnombre’ que nos mostraron la tortura de sabernos ‘nadie’.

El último capítulo culmina con la intención de no callarse jamás ante las injusticias, los asesinatos, las violaciones o las torturas que —a lo largo de los años— se han escrito en los renglones de la historia. Entre estos versos, ‘estar calladita’ ya no es una opción, pues cada vez que nos tapen la boca con un paño, lo morderemos con más fuerza. Cada vez que sangren las comisuras de los labios de los pueblos, gritaremos con más ímpetu. Cada vez que nos quiten nuestras casas y nos arrojen a la calle, clamaremos por la justicia robada. Cada vez que se derrame una gota de sangre de un inocente, nuestro ejército será nuestra propia voz disparando balas de paz y claveles.

Una mujer valiente, esta poeta, al escribir este libro de poemas que no es más que el espejo donde se mira la historia de la humanidad.

Estoy tan cansada de tener que tragarme como un fármaco la palabra paciencia. (pág. 74)